Marvin Harris
Vacas, cerdos,
guerras y brujas
Los enigmas de la cultura
Título original: Cows, Pigs, Wars and Witches:
The Riddles of Culture. Publicado por acuerdo de
Random House, Inc.
Traducción de: Juan Oliver Sánchez-Fernández
Primera edición: 1980
Tercera edición: 2011
Sexta reimpresión: 2019
Diseño de colección: Estudio de Manuel Estrada con la colaboración de Roberto
Turégano y Lynda Bozarth
Diseño cubierta: Manuel Estrada
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© Herederos de Marvin Harris
© Alianza Editorial, S. A., Madrid, 1980, 2019
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28027 Madrid
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ISBN: 978-84-206-7439-1
Depósito legal: B. 42.358-2010
Printed in Spain
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7
Índice
9 Prefacio
13 Prólogo
19 La madre vaca
46 Porcofilia y porcofobia
73 La guerra primitiva
97 El macho salvaje
126 El potlatch
150 El cargo fantasma
173 Mesías
196 El secreto del Príncipe de la Paz
225 Escobas y aquelarres
242 La gran locura de las brujas
277 Epílogo
285 Bibliografía
9
Prefacio
Había acabado precisamente de intentar convencer a
una clase de estudiantes de que existía una explicación
racional del tabú hindú sobre el sacrificio de las vacas.
Estaba seguro de haber salido al paso de todas las obje
ciones imaginables. Rebosante de confianza, pregunté si
alguien quería formular alguna pregunta. Un joven agi
tado levantó su mano. «Pero, ¿qué opina del tabú judío
sobre la carne de cerdo?»
Unos meses más tarde emprendí una investigación que
pretendía explicar por qué los judíos y musulmanes abo
rrecen la carne de cerdo. Tardé cerca de un año antes de dis
ponerme a poner a prueba mis ideas ante un grupo de co
legas. Tan pronto como dejé de hablar, un amigo mío,
experto en los indios de Sudamérica, dijo: «Pero, ¿qué
opina del tabú de los tapirapé sobre la carne de venado?».
Y lo mismo sucedió con cada uno de los enigmas para
los que he intentado encontrar una explicación práctica.
10Vacas, cerdos, guerras y brujas
Tan pronto como acabo de explicar un estilo de vida o
una costumbre previamente inescrutable, alguien con
traataca con otra:
–Bien, quizás esto vale para el potlatch entre los kwa
kiutl, pero, ¿cómo explica la guerra entre los yanoma
mo?
–Creo que puede existir un déficit de proteínas...
–Pero, ¿qué opina de los cultos cargo en las Nuevas
Hébridas?
Las explicaciones de los estilos de vida son como las
patatas fritas. La gente insiste en comérselas hasta acabar
con toda la bolsa.
Ésta es una de las razones por las que este libro pasa de
un tema a otro. Desde la India hasta el Amazonas, y des
de Jesús hasta Carlos Castaneda. Pero persisten algunas
diferencias en comparación con la bolsa de patatas fritas.
En primer lugar, aconsejo no arrancar en el primer lugar
que se os antoje. Mi explicación de las brujas depende
de la explicación de los mesías, y ésta de la explicación de
los «grandes hombres», que a su vez depende de la ex
plicación del sexismo, la cual depende de la explicación
del amor a los cerdos, que depende de la explicación del
aborrecimiento de los cerdos, que a su vez depende de la
explicación del amor a las vacas. No se trata de que el
mundo empezara con el amor a las vacas, sino que en mi
propio intento por comprender las causas de los estilos
de vida, es por lo que he empezado... Así que, por favor,
no tratéis de empezar al azar.
Es importante que los capítulos de este libro se consi
deren como fundados unos en otros y con un efecto acu
mulativo. De lo contrario, no tendré ninguna defensa
11
Prefacio
contra la paliza que seguramente querrán propinarme
los expertos en una docena de campos y disciplinas.
Respeto a los expertos y quiero aprender de ellos. Pero
pueden ser tanto un estorbo como una ventaja si hay que
depender de varios de ellos a la vez. ¿Habéis intentado
alguna vez preguntar a un especialista en hinduismo so
bre el amor a los cerdos en Nueva Guinea, o a una auto
ridad en Nueva Guinea sobre el aborrecimiento de los
cerdos entre los judíos, o a un experto en judaísmo sobre
los mesías en Nueva Guinea? (Es propio de la bestia an
siar una sola patata frita para toda su vida.)
Mi justificación para aventurarme a través de discipli
nas, continentes y siglos es que el mundo se extiende a
través de disciplinas, continentes y siglos. Nada hay en la
naturaleza tan completamente diferente como dos con
juntos de juicios de expertos.
Respeto la obra de los estudiosos individuales que am
plían y perfeccionan pacientemente sus conocimientos
de un solo siglo, tribu o personalidad, pero pienso que
estos esfuerzos deben ser más sensibles a los problemas
de ámbito general y comparativo. La incapacidad mani
fiesta de nuestro superespecializado establishment cien
tífico para decir algo coherente sobre las causas de los
estilos de vida no tiene su origen en ninguna anarquía in
trínseca de los fenómenos de los estilos de vida. Más
bien creo que es el resultado de otorgar recompensas
como premio a especialistas que nunca amenazan un he
cho con una teoría. Una relación proporcional como la
que existe desde hace algún tiempo entre la magnitud de
la investigación social y la profundidad de la confusión
social sólo puede significar una cosa: la función social
12Vacas, cerdos, guerras y brujas
global de toda esa investigación es impedir que la gente
comprenda las causas de su vida social.
Las autoridades del establishment del saber insisten en
que este estado de confusión se debe a una falta de estu
dios. Pronto se celebrará un seminario en el cielo basado
en diez mil nuevos viajes de campo. Pero sabremos me
nos, no más, si estos estudios se hacen con la suya. Sin
una estrategia que pretenda llenar el vacío entre las espe
cialidades y organizar los conocimientos existentes si
guiendo líneas teóricamente coherentes, la investigación
adicional no conducirá a una mejor comprensión de las
causas de los estilos de vida. Si buscamos realmente ex
plicaciones causales, debemos tener al menos alguna
idea aproximada de hacia dónde debemos mirar entre
los hechos potencialmente inagotables de la naturaleza y
la cultura. Espero que algún día se descubrirá que mi
propia obra ha contribuido al desarrollo de esta estrate
gia, mostrando a dónde mirar.
13
Prólogo
Este libro trata de las causas de estilos de vida aparente
mente irracionales e inexplicables. Algunas de estas cos
tumbres enigmáticas aparecen entre pueblos sin escritu
ra o «primitivos»: por ejemplo, los jactanciosos jefes
amerindios que queman sus bienes para mostrar cuan ri
cos son. Otras pertenecen a sociedades en vías de desa
rrollo, entre las cuales mi tema predilecto es el de los
hindúes que rehúsan comer carne de vaca aun cuando se
estén muriendo de hambre. Sin embargo, otras aluden a
mesías y brujas que forman parte de la corriente princi
pal de nuestra propia civilización. Para confirmar mi
punto de vista, he elegido deliberadamente casos raros y
controvertidos que parecen enigmas insolubles.
Nuestra época afirma ser víctima de una sobredosis de
intelecto. Con un espíritu vengativo, los estudiosos tra
bajan afanosamente en intentar mostrar que la ciencia y
la razón no pueden explicar variaciones en los estilos de
14Vacas, cerdos, guerras y brujas
vida humanos. Y así, se ha puesto de moda insistir en que
los enigmas examinados en los capítulos que siguen no
tienen ninguna solución. Quien preparó el terreno para
gran parte de este pensamiento actual sobre los enigmas
de los estilos de vida fue Ruth Benedict con su libro Pat-
terns of Culture. Para explicar las sorprendentes diferen
cias entre las culturas de los kwakiutl, los dobuanos y los
zuñi, Benedict recurrió a un mito que atribuyó a los in
dios digger. El mito decía: «Dios otorgó a cada pueblo
una taza, una taza de arcilla, y de esta taza bebieron su
vida... Todos hundían las tazas en el agua, pero cada taza
era diferente». Desde entonces esto ha significado para
mucha gente que sólo Dios sabe por qué los kwakiutl
queman sus casas, por qué los hindúes se abstienen de
comer carne de vaca, los judíos y musulmanes aborrecen
la carne de cerdo, o por qué algunas gentes creen en me
sías mientras otras creen en brujas. El efecto práctico a
largo plazo de esta sugerencia ha sido desalentar la bús
queda de otro tipo de explicaciones. Pero una cosa está
clara: si pensamos que un enigma no tiene una respuesta,
nunca la encontraremos.
Para explicar pautas culturales diferentes tenemos que
empezar suponiendo que la vida humana no es simple
mente azarosa o caprichosa. Sin este supuesto, pronto se
vuelve irresistible la tentación de renunciar a la tarea
cuando afrontamos una costumbre o una institución que
persiste en su carácter inescrutable. Con los años he des
cubierto que los estilos de vida que otros consideraban
como totalmente inescrutables tenían en realidad causas
definidas y fácilmente inteligibles. La principal razón
por la que se han pasado por alto estas causas durante
15
Prólogo
tanto tiempo es la de que todo el mundo está convencido
de que «sólo Dios conoce la respuesta».
Otra razón por la que muchas costumbres e institucio
nes parecen tan misteriosas estriba en que se nos ha en
señado a valorar explicaciones «espiritualizadas» de los
fenómenos culturales en vez de explicaciones materiales
de tipo práctico. Sostengo que la solución de cada uno
de los enigmas examinados en este libro radica en una
mejor comprensión de las circunstancias prácticas. Y
mostraré que un estudio más minucioso de las creencias
y prácticas que parecen más raras revela que éstas se ha
llan fundadas en condiciones, necesidades y actividades
ordinarias, triviales, podríamos decir «vulgares». En
tiendo por solución trivial o vulgar la que se apoya en la
tierra y está integrada por tripas, sexo, energía, viento,
lluvia y otros fenómenos palpables y ordinarios.
Esto no significa que las soluciones que vamos a presen
tar sean en cierto sentido simples o evidentes. Ni mucho
menos. La identificación de los factores materiales perti
nentes en los acontecimientos humanos es siempre una ta
rea difícil. La vida práctica utiliza muchos disfraces. Cada
estilo de vida se halla arropado en mitos y leyendas que
prestan atención a condiciones sobrenaturales o poco prác
ticas. Estos arropamientos confieren a la gente una identi
dad social y un sentido de finalidad social, pero ocultan las
verdades desnudas de la vida social. Los engaños sobre las
causas mundanas de la cultura pesan sobre la conciencia
ordinaria como láminas de plomo. Nunca es una tarea fácil
evitar, penetrar o levantar esta carga opresora.
En una época ávida por experimentar estados de con
ciencia alterados, fuera de lo corriente, tendemos a pasar
16Vacas, cerdos, guerras y brujas
por alto hasta qué punto nuestro estado mental ordina
rio es ya una conciencia profundamente mistificada –una
conciencia aislada de un modo sorprendente de los he
chos prácticos de la vida–. ¿A qué obedece esto?
En primer lugar a la ignorancia. La mayor parte de la
gente sólo es consciente de una pequeña parte de la di
versidad de alternativas que hay en los estilos de vida. Si
queremos pasar del mito y la leyenda a la conciencia ma
dura, tenemos que comparar toda la variedad de cultu
ras pasadas y presentes. En segundo lugar al miedo. Ante
sucesos como el envejecimiento y la muerte, la concien
cia falsa puede ser la única defensa eficaz. Y finalmente
al conflicto. En la vida social ordinaria algunas personas
siempre controlan o explotan a otras; estas desigualda
des se presentan tan disfrazadas, mistificadas y falseadas
como la vejez y la muerte.
La ignorancia, el miedo y el conflicto son los elementos
básicos de la conciencia cotidiana. El arte y la política
elaboran con estos elementos una construcción onírica
colectiva cuya función es impedir que la gente compren
da lo que es su vida social. Por consiguiente, la concien
cia cotidiana no puede explicarse a sí misma. Su misma
existencia depende de una capacidad desarrollada para
negar los hechos que explican su existencia. No espera
mos que los soñadores expliquen sus sueños; tampoco
debemos, pues, esperar que los participantes en los esti
los de vida expliquen sus estilos de vida.
Algunos antropólogos e historiadores adoptan el pun
to de vista opuesto. Argumentan que la explicación de
los propios protagonistas constituye una realidad irre
ductible. Nos advierten que no debemos tratar jamás la
17
Prólogo
conciencia humana como un «objeto», y que el marco
científico adecuado para el estudio de la física o de la
química no es pertinente para el estudio de los estilos de
vida. Algunos profetas de la moderna «contracultura»
sostienen incluso que la excesiva «objetivación» es res
ponsable de las injusticias y desastres de la historia re
ciente. Uno de ellos afirma que la conciencia objetiva
siempre conduce a una pérdida de «sensibilidad moral»,
equiparando así la búsqueda del conocimiento científico
con el pecado original.
Nada sería más absurdo. El hambre, la guerra, el sexis
mo, la tortura y la explotación han estado presentes du
rante toda la historia y la prehistoria, mucho antes de
que alguien lanzara la idea de intentar «objetivar» los
acontecimientos humanos.
Algunas personas, desilusionadas con los efectos se
cundarios de la tecnología avanzada, piensan que la cien
cia es «el estilo de vida dominante en nuestra sociedad».
Puede que esta afirmación valga para nuestros conoci
mientos de la naturaleza, pero se equivoca totalmente
respecto a nuestros conocimientos de la cultura. Por lo
que se refiere a los estilos de vida, el conocimiento no
puede ser el pecado original, puesto que todavía perma
necemos en un estado original de ignorancia.
Pero permitidme posponer la discusión más extensa
de las pretensiones de la contracultura hasta el último
capítulo. Permitidme mostrar primero cómo se puede
dar una explicación científica de importantes enigmas
sobre los estilos de vida. Poco ganaremos argumentando
respecto a teorías que no están fundadas en hechos y
contextos específicos. Sólo pido un favor: tened presente
18Vacas, cerdos, guerras y brujas
que, al igual que cualquier científico, espero presentar
soluciones probables y razonables, no certeras. Sin em
bargo, por imperfectas que puedan ser, las soluciones
probables deben tener prioridad sobre esa inexistencia
de soluciones que vemos en el mito de los indios digger
de Benedict. Como cualquier científico, acojo con satis
facción las explicaciones alternativas, siempre que cum
plan mejor los requisitos de la demostración científica y
en la medida que expliquen tanto. Pero empecemos con
los enigmas.
19
La madre vaca
Siempre que se discute acerca de la influencia de los fac
tores prácticos y mundanos en los estilos de vida, estoy
seguro de que alguien dirá: «¿Pero, qué opina de todas
esas vacas que los campesinos hambrientos de la India
rehúsan comer?». La imagen de un agricultor harapien
to que se muere de hambre junto a una gran vaca gorda
transmite un tranquilizador sentido de misterio a los ob
servadores occidentales. En innumerables alusiones erudi
tas y populares, confirma nuestra convicción más profunda
sobre cómo debe actuar la gente con una mentalidad
oriental inescrutable. Es alentador saber –algo así como
«siempre habrá una Inglaterra»– que en la India los va
lores espirituales son más apreciados que la vida misma.
Y al mismo tiempo nos produce tristeza. ¿Cómo pode
mos esperar comprender alguna vez a gente tan diferen
te de nosotros mismos? La idea de que pudiera haber
una explicación práctica del amor hindú a las vacas re
20Vacas, cerdos, guerras y brujas
sulta más desconcertante para los occidentales que para
los propios hindúes. La vaca sagrada –¿de qué otra ma
nera puedo expresarlo?– es una de nuestras vacas sagra
das favoritas.
Los hindúes veneran a las vacas porque son el símbolo
de todo lo que está vivo. Al igual que María es para los
cristianos la madre de Dios, la vaca es para los hindúes la
madre de la vida. Así, no hay mayor sacrilegio para un
hindú que matar una vaca. Ni siquiera el homicidio tiene
ese significado simbólico de profanación indecible que
evoca el sacrificio de las vacas.
Según muchos expertos, el culto a las vacas es la causa
número uno de la pobreza y el hambre en la India. Algu
nos agrónomos formados en Occidente dicen que el
tabú contra el sacrificio de las vacas permite que vivan
cien millones de animales «inútiles». Afirman que este
culto merma la eficiencia de la agricultura, porque estos
animales inútiles no aportan ni leche ni carne, a la vez
que compiten por las tierras cultivadas y los artículos ali
menticios con animales útiles y seres humanos ham
brientos. Un estudio patrocinado por la Fundación Ford
concluía que se podía estimar que posiblemente sobraba
la mitad del ganado vacuno en relación con el aprovisio
namiento de alimentos. Y un economista de la Universi
dad de Pensilvania declaraba en 1971 que la India tenía
30 millones de vacas improductivas.
Parece que sobran una gran cantidad de animales inú
tiles y antieconómicos, y que esta situación es una conse
cuencia directa de las irracionales doctrinas hindúes.
Los turistas en su recorrido por Delhi, Calcuta, Madrás,
Bombay y otras ciudades de la India se asombran de las
21
La madre vaca
libertades de que goza el ganado vacuno extraviado. Los
animales deambulan por las calles, comen fuera de los
establos en el mercado, irrumpen en los jardines públi
cos, defecan en las aceras y provocan atascos de tráfico si
se detienen a rumiar en medio de cruces concurridos. En
el campo, el ganado vacuno se congrega en los arcenes
de cualquier carretera y pasa la mayor parte de su tiem
po deambulando despacio a lo largo de las vías del fe
rrocarril.
El amor a las vacas afecta a la vida de muchas maneras.
Los funcionarios del gobierno mantienen asilos para va
cas en los que los propietarios pueden alojar a sus anima
les decrépitos sin gasto alguno. En Madrás, la policía
reúne el ganado extraviado que está enfermo y lo cuida
hasta que recupera la salud, permitiéndole pastar en pe
queños campos adyacentes a la estación de ferrocarril.
Los agricultores consideran a sus vacas como miembros
de la familia, las adornan con guirnaldas y borlas, rezan
por ellas cuando se ponen enfermas y llaman a sus veci
nos y a un sacerdote para celebrar el nacimiento de un
nuevo becerro. En toda la India los hindúes cuelgan en
sus paredes calendarios que representan a mujeres jóve
nes, hermosas y enjoyadas, que tienen cuerpos de gran
des vacas blancas y gordas. La leche mana de las ubres
de estas diosas, mitad mujeres, mitad cebúes.
Empezando por sus hermosos rostros humanos, estas
vacas de calendario tienen poca semejanza con la típica
vaca que vemos en realidad. Durante la mayor parte del
año, sus huesos son su rasgo más acusado, y lo cierto es
que muy poca leche mana de sus ubres; estos flacos ani
males apenas logran amamantar un solo becerro hasta la
22Vacas, cerdos, guerras y brujas
madurez. La producción media de leche sin desnatar de
la típica raza gibosa de vaca cebú en la India no sobrepa
sa los 227 kilos al año. Las vacas lecheras ordinarias ame
ricanas producen más de 2.267 kilos, y no es raro que las
campeonas produzcan más de 9.000. Pero esta compara
ción no esclarece toda la situación. En cualquier año,
cerca de la mitad de las vacas cebú de la India no dan
nada de leche, ni siquiera una gota.
Para agravar la cuestión, el amor a las vacas no estimu
la el amor al hombre. Puesto que los musulmanes des
precian la carne de cerdo pero comen la carne de vaca,
muchos hindúes les consideran asesinos de vacas. Antes
de la división del subcontinente indio entre la India y el
Pakistán, estallaban anualmente disturbios sangrientos
entre las dos comunidades para impedir que los musul
manes mataran vacas. Recuerdos de disturbios provoca
dos por vacas (como por ejemplo el de Bihar en 1917, en
el que murieron 30 personas y fueron saqueadas 170 al
deas musulmanas hasta la última jamba de la puerta)
continúan envenenando las relaciones entre la India y el
Pakistán.
Aunque deploró los disturbios, Mohandas K. Gandhi
era un defensor ardiente del amor a las vacas y deseaba
que se prohibiera su sacrificio. Cuando se redactó la
Constitución india, ésta incluía un código de los dere
chos de las vacas tan ridículo que poco le faltó para
prohibir cualquier modalidad de matarlas. Desde en
tonces, algunos estados han prohibido totalmente su sa
crificio, pero otros todavía admiten excepciones. La
cuestión de las vacas sigue siendo causa importante de
disturbios y desórdenes no sólo entre los hindúes y las
23
La madre vaca
restantes comunidades musulmanas, sino también entre
el Partido del Congreso en el poder y las facciones hin
dúes extremistas, defensores de las vacas. El 7 de no
viembre de 1966, una muchedumbre de 120.000 perso
nas, encabezada por un grupo de santones desnudos
que cantaban adornados con guirnaldas de caléndulas y
se habían untado con ceniza blanca de boñiga de vaca,
hizo una manifestación contra el sacrificio de vacas ante
la sede del Parlamento indio. Murieron 8 personas y 48
resultaron heridas durante los disturbios que se produje
ron a continuación. A estos acontecimientos siguió en
todo el país una ola de ayunos entre los santones, enca
bezados por Muni Shustril Kumar, presidente del Comi
té Interpartidista para la Campaña de Protección de las
Vacas.
El amor a las vacas parece absurdo, incluso suicida, a
los observadores occidentales familiarizados con las mo
dernas técnicas industriales de la agricultura y la ganade
ría. El experto en eficiencia anhela coger a todos estos
animales inútiles y darles un destino adecuado. Sin em
bargo, descubrimos ciertas incoherencias en la condena
del amor a las vacas. Cuando empecé a pensar si podría
existir una explicación práctica para la vaca sagrada, me
encontré con un curioso informe del gobierno. Decía
que la India tenía demasiadas vacas, pero muy pocos
bueyes. Con tantas vacas en derredor ¿cómo podía ha
ber escasez de bueyes? Los bueyes y el macho del búfalo
de agua son la fuente principal de tracción para arar los
campos en la India. Por cada granja de diez acres o me
nos, se considera adecuado un par de bueyes o de búfa
los de agua. Un poco de aritmética muestra que, en lo
24Vacas, cerdos, guerras y brujas
que atañe a la arada, hay en realidad escasez más que ex
ceso de animales. La India tiene 60 millones de granjas,
pero sólo 80 millones de animales de tracción. Si cada
granja tuviera su cupo de dos bueyes o dos búfalos de
agua, debería haber 120 millones de animales de trac
ción, es decir, 40 millones más de los que realmente
hay.
Puede que este déficit no sea tan grave, puesto que al
gunos agricultores alquilan o piden prestados bueyes a
sus vecinos. Pero compartir animales de tiro resulta a me
nudo poco práctico. La tarea de arar debe coordinarse
con las lluvias monzónicas, y cuando ya se ha arado una
granja, tal vez haya pasado el momento óptimo para arar
otra. Además, una vez finalizada la arada, el agricultor
necesita todavía su propio par de bueyes para tirar de su
carreta, que es la base principal del transporte de bultos
en toda la India rural. Es muy posible que la propiedad
privada de granjas, ganado vacuno, arados y carretas de
bueyes reduzca la eficiencia de la agricultura india, pero
pronto me percaté de que esto no era provocado por el
amor a las vacas.
El déficit de animales de tiro constituye una amenaza
terrible que se cierne sobre la mayor parte de las familias
campesinas de la India. Cuando un buey cae enfermo, el
campesino pobre se halla en peligro de perder su granja.
Si no posee ningún sustituto, tendrá que pedir prestado
dinero con unos intereses usurarios. Millones de familias
rurales han perdido de hecho la totalidad o parte de sus
bienes y se han convertido en aparceros o jornaleros
como consecuencia de estas deudas. Todos los años cien
tos de miles de agricultores desvalidos acaban emigran
25
La madre vaca
do a las ciudades, que ya rebosan de personas sin empleo
y sin hogar.
El agricultor indio que no puede reemplazar su buey
enfermo o muerto se encuentra poco más o menos en la
misma situación que un agricultor americano que no
pueda sustituir ni reparar su tractor averiado. Pero hay
una diferencia importante: los tractores se fabrican en
factorías, pero los bueyes nacen de las vacas. Un agricul
tor que posee una vaca posee una factoría para producir
bueyes. Con o sin amor a las vacas, ésta es una buena ra
zón para tener poco interés en vender su vaca al matade
ro. También empezamos a vislumbrar por qué los agri
cultores indios podrían estar dispuestos a tolerar vacas
que sólo producen 227 kilos de leche al año. Si la princi
pal función económica de la vaca cebú es criar animales
de tracción, entonces no hay ninguna razón para compa
rarla con los especializados animales americanos cuya
función primordial es producir leche. Sin embargo, la le
che que producen las vacas cebú cumple un cometido
importante en la satisfacción de las necesidades nutriti
vas de muchas familias pobres. Incluso pequeñas canti
dades de productos lácteos pueden mejorar la salud de
personas que se ven obligadas a subsistir al borde de la
inanición.
Cuando los agricultores indios quieren un animal prin
cipalmente para obtener leche recurren a la hembra del
búfalo de agua, que tiene períodos de secreción de leche
más largos y una producción de grasa de mantequilla
mayor que la del ganado cebú. El búfalo de agua es tam
bién un animal superior para arar en arrozales anegados.
Pero los bueyes tienen más variedad de usos y los agri